La mujer que no es madre, ¿es menos mujer?

La madre primeriza compra el slogan social que un hijo es lo que le da una felicidad plena, sublime y le termina dando el diploma de mujer. La mamá reincidente se complota con la Susanita, la amiga de Mafalda, de la tira de Quino, para creérsela… // Por Mónica Beatriz Gervasoni

Para tal fin y vil engaño, sufre, entonces, de un súbito ataque de amnesia que la hace olvidar por completo, que el embarazo, ese dulce estado, es igual a atrincherarse en el baño, o en su defecto desalojar a nuestro marido, dos por tres con los pantalones a media asta.


Que debimos renunciar, dignamente, por nuestro vástago, a nuestros manjares predilectos, porque seguramente es a lo que primero le vamos a sentir asco durante los próximos nueve meses.

Que vomitamos hasta el aire que respiramos. Que el último trimestre estamos tratando de no soltar el alarido: de “que me lo saquen de una vez”.

Porque ya no sé cómo pararme, sentarme y menos aún acostarme. Desalojarlo al dorima también de la cama de dos plazas porque ya ni con tres nos alcanzaría.

Que no hay posición cómoda para dormir y olvídalo para el Kamasutra. Porque la ley de gravedad se asocia con mi panza y las dos me hacen la vida imposible.

Que cada patada del engendro simula un partido de fútbol en el estómago. Que el arco debe ser el útero y la pelota los ovarios en tiros libres o de penal.

Que al llegar al momento crucial del nacimiento nos atiborran de preguntas hasta de nuestra abuelita. Que después nos amarran, por si nos arrepentimos de parirlo.

Nos estaquean de pies y manos. Que primero nos piden amablemente que pujemos y después nos ordenan, como milicos, cuando perdieron la paciencia con la madre primeriza, y es una orden: puje. Aunque se parta en dos, usted ya no importa, importa el bebé.

Si el primero salió tranquilo, una ya se olvidó, que el dolor del parto, es igual a que nos arrancaran con una pinza de mecánico las entrañas una por una, sin anestesia, sin prisa pero sin pausa.

Que una vez desalojado el alien del vientre nos cosen como un matambre listo para cocinarse; esto es, estamos en el horno.

Que cada vez que subimos una escalera, cada punto en nuestra anatomía nos recuerda que hemos asistido a un parto natural y encima no siendo la primera estrella.

Una vez nacido, el ser en cuestión, sangre de nuestra sangre, y que hemos contabilizado los dedos para asegurarnos que está completo, desde el primer momento, si no llora, sufrimos porque pobrecita, puede ser que haya nacido muda, y si llora, Dios nos guarde los tímpanos, reconoceremos sus pulmones.

La amnesia es de tal grado que ya no registramos, que por más tranquilo que haya sido el espécimen, igual, una no tuvo tiempo ni para ir al baño, porque si está dormido, una verifica cada dos por tres segundos que respire.

Hace guardia y está siempre lista para espantarle las pesadillas y al infortunado mosquito que osó merodear la zona de la cuna o moisés, etc.

El resto del tiempo que, el que usa pañal no duerme, procederá a una demanda perpetua. Léase, hambre, o desechos de comida, con un olor digno del Riachuelo.

Lo cual implicará que durante el trámite de cambiarlo una no será dueña de probar ningún bocado porque le sabrá al mismo olor, impregnado por todos los ambientes, que se le resiste al mejor desodorante ambiental que pueda existir en plaza.

El perfume importado servirá para disimular el olor permanente a leche cuajada que nos acompaña, como segunda piel, por los próximos dos años, al menos.

Así es el primer paso de cómo nos convertimos en esclavas de una cosa que nos soborna antes mismo de decir ajó.

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