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Signos de una mujer saludable

Hay señales o signos que nos ayudan a saber si nuestro cuerpo está sano.

La salud es un estado de equilibrio donde el cuerpo funciona correctamente en todas sus áreas. A veces las personas especialmente las mujeres creen que están sanos porque no tienen síntomas de una enfermedad puntual.

Pero hay señales o signos que nos ayudan a saber si nuestro cuerpo está sano.

Los signos de que el cuerpo de una mujer está sana son:


-tener buen humor y animo al comenzar el día

-tener energía para realizar las actividades diarias

-tener el ciclo menstrual en forma regular

-dormir bien durante toda la noche

-el color de la orina es claro

– evacuar heces todos los días

-si las uñas están fuertes y con aspecto rosado

-se tiene deseo sexual

-se tiene un peso adecuado en forma estable


Es importante saber que todos los ítem anteriores deben cumplirse no solo algunos para poder estar sanos.

Sentirse sano es tener ganas de hacer cosas y de enfrentar los desafíos diarios con energía.

Si alguno de los signo…

Sucedió de día de Silvia B. Giordano

Romina había intentado superarlo, de eso todos podían dar fe. El psicólogo, el párroco de la iglesia católica, el pastor del templo protestante y el manosanta, medio brujo y medio charlatán.
No había rabino en el pueblo, porque también lo hubiera consultado.
Sentía que todos sus caminos ya estaban cerrados, que nada podía hacer para cambiar las cosas.

- Te cierras al amor porque tienes miedo de volver a sufrir…, le dijo el psicólogo. ¿Cuándo había dejado de sufrir por el abandono de Juan?.

¿Cómo podía amar de nuevo, si aún estaba amando?.


- Abandona tu dolor. Entrégaselo a Dios, dijeron palabras más o menos los religiosos. Abandonar… no es posible abandonar algo que nos inunda y se enquista en nuestras entrañas… Que se enraíza en nuestro corazón como hiedra.

- Con estas hierbas y sangre de tu menstruación encerradas en un pañuelo y enterradas en tu jardín, lograrás que vuelva… Y llenó el jardín de bolsitas hachas de pañuelos y hechizos.

Pasaron días, semanas, meses y justo al año del abandono, Juan volvió. Al pueblo, no a ella. Casado y no con ella. Esperando un hijo y no de ella.

Todos sus caminos ya estaban cerrados, nada podía hacer para cambiar las cosas.

Se subió a la silla y probó la soga que pendía del travesaño del techo del viejo cobertizo, y con manos temblorosas, pasó el lazo por su cabeza y lo ajustó. Se encomendó al cielo y con una patada certera se desprendió del sostén de su vida. Un chasquido rebotó en su cabeza y pensó en su cuello quebrado y en su próxima inconsciencia.

El travesaño, carcomido por los años, había sido mantequilla para el filo de la soga. Magullada por el golpe contra el piso, miró a su alrededor y la indignación subió por su garganta.
Y siguió la intriga y la sorpresa. Porque ya Juan no le importaba. Porque Juan había muerto junto a su intento de suicidio. Porque estaba viva y se sentía feliz.

Silvia B. Giordano

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