Sucedió de día de Silvia B. Giordano

Romina había intentado superarlo, de eso todos podían dar fe. El psicólogo, el párroco de la iglesia católica, el pastor del templo protestante y el manosanta, medio brujo y medio charlatán.
No había rabino en el pueblo, porque también lo hubiera consultado.
Sentía que todos sus caminos ya estaban cerrados, que nada podía hacer para cambiar las cosas.

- Te cierras al amor porque tienes miedo de volver a sufrir…, le dijo el psicólogo. ¿Cuándo había dejado de sufrir por el abandono de Juan?.

¿Cómo podía amar de nuevo, si aún estaba amando?.


- Abandona tu dolor. Entrégaselo a Dios, dijeron palabras más o menos los religiosos. Abandonar… no es posible abandonar algo que nos inunda y se enquista en nuestras entrañas… Que se enraíza en nuestro corazón como hiedra.

- Con estas hierbas y sangre de tu menstruación encerradas en un pañuelo y enterradas en tu jardín, lograrás que vuelva… Y llenó el jardín de bolsitas hachas de pañuelos y hechizos.

Pasaron días, semanas, meses y justo al año del abandono, Juan volvió. Al pueblo, no a ella. Casado y no con ella. Esperando un hijo y no de ella.

Todos sus caminos ya estaban cerrados, nada podía hacer para cambiar las cosas.

Se subió a la silla y probó la soga que pendía del travesaño del techo del viejo cobertizo, y con manos temblorosas, pasó el lazo por su cabeza y lo ajustó. Se encomendó al cielo y con una patada certera se desprendió del sostén de su vida. Un chasquido rebotó en su cabeza y pensó en su cuello quebrado y en su próxima inconsciencia.

El travesaño, carcomido por los años, había sido mantequilla para el filo de la soga. Magullada por el golpe contra el piso, miró a su alrededor y la indignación subió por su garganta.
Y siguió la intriga y la sorpresa. Porque ya Juan no le importaba. Porque Juan había muerto junto a su intento de suicidio. Porque estaba viva y se sentía feliz.

Silvia B. Giordano

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